La universidad no es lo que recuerdas

Cuando hablamos de universidad, a muchos les viene a la mente una imagen de prestigio y oportunidades laborales que no hubiesen sido posibles hace una década. La palabra también evoca en casi todos un período de vida en que nuestra juventud se enfrentaba por primera vez con la libertad en un ambiente intelectual y enriquecedor donde reina el compañerismo.

El problema es que esa imagen no se corresponde con la realidad desde hace al menos cinco décadas. Es decir, cada generación desde 1980 entró en la universidad pensando que sería una experiencia casi monástica en la cual sería iniciada en conocimientos arcanos, pero salió sintiendo que no aprendió absolutamente nada.

¿Quién no ha tenido el siguiente diálogo en el trabajo?

  • P: ¿Oye, eso lo aprendiste en la universidad?

  • O: Nah. Allá no se aprende nada; yo todo lo aprendí trabajando.

Es cómico porque todos sabemos que esto es cierto, y hasta lo repetimos descuidadamente frente a los más jóvenes. A pesar de ello, la educación superior nos parece una absoluta e incuestionable necesidad. Que alguien se atreva a decir que la universidad no sirve para nada provoca una reacción violenta y hostil ante tal blasfemia.

Pero ¿por qué?

La razón es que sostenemos dos conceptos completamente distintos de “universidad” en nuestras cabezas, y los defendemos aunque sean totalmente contradictorios.

Por un lado, está la concepción clásica de institución a la cual deben ir aquellos que desean profundizar sus conocimientos en una materia específica hasta llegar a la excelencia. Es un maravilloso concepto y no he encontrado una mejor definición que la que ofrece el cardenal John Henry Newman. Él decía que la universidad era un lugar que reunía a los mejores, un centro donde un cristiano iba para comprender y cultivar todas las ramas del conocimiento humano para unificarlo en un sistema universal.

Eso hacía de la universidad una institución maravillosa, aunque también temible para muchos. Pero esa imagen sólo existe de manera fantasmal en nuestras mentes. Cuando enviamos a nuestros hijos a la universidad, creemos en el fondo de nuestros corazones que al menos algo de ese concepto elevado de universidad los tocará, así sea de carambola.

Por otro lado, el concepto moderno de universidad es el de un lugar en donde todos debemos ir para “vivir la experiencia”. Y esa experiencia es una especie de rito de paso hacia la vida productiva sin el cual no se puede participar en la sociedad. Alguien que ponga en duda esta institución sagrada es considerado hereje y anatema, incluso por aquellos que conceden que malgastaron 5 años de su vida para terminar conduciendo Uber o montando un negocio exitoso en una feria. Y lo digo con todo el respeto y admiración que se merecen los conductores de Uber y tenderos de feria que de seguro ganan mucho más que yo.

Es tal el estatus sacramental del título universitario que todos deben tener “derecho” a él. Por tanto, se deben eliminar todas las barreras, pruebas, requisitos, exigencias. Se aboga por la gratuidad, el acceso libre, la entrada de cualquiera a cualquier ramo, incluso si no sabe leer. De hecho, si los padres no aseguran la entrada a sus hijos, pueden ser acusados de violar sus derechos fundamentales. Pero esto tiene un costo que no muchos ven.

Durante mis años como estudiante, gracias a mi promedio académico, se me permitió ejercer como preparador (ayudante de cátedra, monitor docente) en una universidad “prestigiosa”. Lo que vi podría hacer hervir la sangre a aquellos que sostienen la idea clásica de universidad.

Una de las cosas más detestables fue que, de manera gradual e indirecta, me forzaron a dejar de dar los textos con los que yo había pasado la materia para no “abrumar” a cierto grupo de estudiantes. Había cohortes completas de alumnos provenientes de comunidades “marginadas” que, técnicamente, sabían leer, pero no podían comprender ideas más profundas que “el agua moja”. Se pueden imaginar sus caras —y la mía— cuando intenté explicar la diferencia epistemológica entre razonamiento, juicio y raciocinio.

Frente a mis inquietudes, la autoridad administrativa me explicó que estaba al tanto de la dificultad. Sin embargo, era imperativo que la mayoría de ellos aprobara la materia, ya que representaban identidades de comunidades marginalizadas históricamente. Es decir, debían graduarse gracias a su identidad y no por sus méritos.

Mi suspicaz lector se imaginará que esto sólo pasa en países bananeros. Pues déjeme pinchar su globito de esperanza.

Pero antes, no te quedes con este chisme para ti solo. Comparte esta historia con todos tus contactos.

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El escándalo Cambridge

Les presento a Jason Arday:

Hasta hace muy poco, este joven ocupaba el flamante y bien remunerado puesto de profesor de sociología de la educación (léase marxificador) en la prestigiosa Universidad de Cambridge.

Su nombramiento fue presentado en 2023 como un logro de las políticas de identidad impuestas en esta institución. Contaba con todas las cualificaciones para ser el nuevo rostro de la idea de universidad. No la idea de universidad enarbolada por el cardenal Newton, sino la otra idea. Nada de logros académicos ni de méritos intelectuales, de los cuales esta universidad ha hecho gala desde hace al menos 8 siglos. Las nuevas cualificaciones consisten en ser parte de una comunidad “marginalizada”, ser el candidato más joven, haber sido diagnosticado con autismo, haber aprendido a hablar a los 11 años y a leer y escribir a los 18, haber corrido en 30 maratones en 35 días, haber publicado un libro con Palgrave Macmillan, haber sido estrella en una serie de televisión y muchas otras experiencias.

Youngest Black professor at Cambridge resigns over plagiarism claims -  Boston 25 News

Jason Arday en 2012 como portador de la antorcha en los Juegos Olímpicos de Londres.

Todo parecía ir bien para esta personificación de la diversidad e inclusión. Tenía todo un futuro por delante a cargo de la formación de la élite más selecta del imperio británico en cuestiones tan importantes como la formación de élites.

Sus problemas comenzaron cuando Arday publicó su tesis doctoral. Para aquellos que no lo saben, los trabajos académicos son publicados con la intención de ser evaluados por otros académicos. De esa manera, otros investigadores determinan si las conclusiones pueden ser usadas como soporte para sus propios trabajos. Por supuesto, una tesis doctoral realizada por un profesor de Cambridge es algo que quiero leer si pretendo estar al tanto de los últimos avances en mi campo. La autoridad de la institución me permite estar seguro de que es un importante estudio ya que ha sido realizado por expertos de una prestigiosa universidad. ¿Cierto?

Resulta que dentro de su tesis doctoral se detectaron al menos 100 pasajes cortados y pegados de otro trabajo. A medida que otros académicos iban revisando la tesis de Arday, como es normal, se iban acumulando comentarios sobre su integridad intelectual.

La universidad, por supuesto, salió en defensa de su mimado profesor. Arday acusó a todo aquel que cuestionase su trabajo de “racista”. El líder del Partido Verde de Inglaterra, un nido de comunistas en toda regla, sugirió que estaban evaluando a Arday más duramente por ser negro.

Más recientemente se descubrió que Arday no había corrido en tantos maratones, ni había publicado ningún libro, ni había participado en un programa de televisión, ya que él no habría nacido a tiempo para el rodaje.

Finalmente, la Universidad de Cambridge se vio obligada a abrir una investigación. Como respuesta, Arday anunció su renuncia en un comunicado público completamente escrito con IA.

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A las pruebas me remito.

Todo esto, lejos de ser un caso aislado, es un síntoma del abandono de la idea primera de universidad para convertir a la institución en un ídolo de palo y piedra. Muchos títulos universitarios de hoy valen menos que el papel en el que están impresos. La educación “superior” es sostenida simplemente como sacramento de la religión estatal, y quien no envíe a sus hijos a este ritual de paso comete blasfemia y debe ser acusado de violar derechos fundamentales inventados.

Esta institución hace décadas que dejó de ser lo que nos imaginamos, y la obsesión con ella es una locura que traerá consecuencias catastróficas para Occidente si no se vuelve a la verdadera noción de universidad.

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