Lo que Gollum me enseñó sobre la dieta

Aquellos que crecimos leyendo o viendo las películas del Señor de los Anillos reconocen a este pequeño y asqueroso renacuajo de las profundidades. El infame personaje sirvió como guardián del anillo, pero también como guía para Frodo y Sam a través de Mordor, la tierra de la oscuridad.

Sin embargo, no conozco a muchos que se hayan fijado en un detalle crucial acerca de la personalidad de Gollum, y es este detalle el que me ha permitido reconocer algunas actitudes modernas con respecto a la comida.

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Hace varios años, mi familia pasó por una crisis de salud pronunciada. Mi esposa fue diagnosticada con prediabetes, colesterol alto, hipertensión y otras condiciones varias. A mí no me fue mejor. Me dijeron que sufría de hígado graso y síndrome del colon irritable. Adicionalmente, ambos veíamos que nuestro peso aumentaba peligrosamente a medida que se deterioraba nuestra salud.

Lo extraño era que llevábamos una vida “saludable” en toda regla. Comíamos de manera “balanceada”, tomábamos suplementos, íbamos al gimnasio. Nuestra despensa estaba llena de leche de almendras y de coco, aceite de canola, frutos secos, harinas con fibras, yogurt descremado, cereales. La nevera estaba a reventar de ramas y legumbres. Nos surtíamos diligentemente con todo lo que un buen nutricionista recomienda para una vida plena.

Pero cada vez que íbamos al médico, una persona con obvios problemas de sobrepeso nos decía que, a pesar de estar cumpliendo con todas sus indicaciones, no nos estábamos esforzando lo suficiente. Debíamos someternos a constantes exámenes y resignarnos porque probablemente era una cuestión “genética” (a pesar de que nadie en nuestras familias era obeso). Este dios de la vida sana es una deidad exigente y demanda cada vez más obras y sacrificios.

Pero entonces llegó el COVID, lo cual nos forzó a repensar todo lo que creíamos acerca de “la ciencia”. Así que un buen día decidimos cuestionar todo lo que comíamos.

Nos hicimos la siguiente pregunta: ¿Qué hubiese comido una familia del siglo XIX sana en nuestro lugar?

En primer lugar, no muchas verduras. Esas cosas eran para los animales, excepto algunas legumbres que servían como aderezo o acompañamiento. La margarina fue un invento tardío producto del racionamiento de la leche durante la guerra. Así que hubiesen comido mantequilla y leche cruda. Hubiesen comido pan hecho sólo con harina, agua, levadura y sal, nada de cereales. La dieta se hubiese limitado a carnes, huevos, aceite de oliva. También hubiesen cocinado todo con grasa de vaca, dado que los aceites de semilla sólo servían como lubricantes para motor en aquel entonces.

El problema es que ninguno de esos alimentos era particularmente apetitoso para nosotros. Habíamos sido condicionados para rechazar esas cosas. Como incrédulos, todo lo que no hubiese pasado por el largo tracto digestivo de la “ciencia” era inmundo para nosotros.

Fue en esa época cuando recordé a nuestro amigo Gollum.

Mientras este ex-hobbit fue parte de la expedición a Mordor, exhibió un agudo rechazo a todo lo que proviniese de los elfos. La cuerda élfica, tan suave como la seda, le quemaba al contacto con la piel. Las extremadamente apetecibles y nutritivas lembas, o pan élfico, le sabían a cenizas. Incluso opinó que la cazuela con patatas preparada por Sam Gamyi había arruinado sus tiernos conejos recién despuescuezados. Tras dos mil años de rumiar maldad en su oscura cueva, Gollum había perdido todo contacto con su naturaleza hobbit y ahora detestaba todo aquello que fuese bueno o sano.

Así nos sentimos cuando nos enfrentamos a la comida que el hombre consumió durante miles de años sin problemas. Tomar leche cruda para nosotros era impensable. ¿Cómo lidiará nuestro cuerpo con los gérmenes y bacterias? Más aún, cocinar con grasa animal nos parecía una cosa asquerosa que iba a impregnar todo con sabor a cebo. ¿Y cómo dejar las fibras y vegetales tan sanos para nuestro organismo?

Es decir, estábamos condicionados a odiar las cosas que mis propios abuelos hubiesen considerado imprescindibles para una vida vigorosa.

Afortunadamente, vencimos esos prejuicios y adoptamos lo que algunos llamarían una dieta levítica. Los resultados fueron asombrosos, todas nuestras dolencias desaparecieron, bajamos 20 kilos en 2 años, se redujeron las visitas médicas a una cada 2 años, el presupuesto de la comida se cortó a la mitad, y ya no mantenemos una “cesta de las medicinas”.

Y lo que es mejor, la comida ahora sabe mejor y llena mucho más.

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Sé que alguno dirá una variante del eslogan “no todos somos iguales” o “cada cuerpo es distinto”. Pero tenemos que preguntarnos: si eso es cierto, ¿por qué a todos nos imponen las mismas dietas “balanceadas”?

Entonces, no seamos como Gollum. Cuestionemos fundacionalmente nuestras dietas y dejemos de aborrecer la forma de vida que siguieron aquellos que edificaron nuestros países y sacaron adelante a nuestras familias.