¿Dónde están las mujeres?

Mucho se habla hoy de la batalla cultural. Sin embargo, esa discusión resulta estéril hasta que no se localice el problema. Aquí les traigo un análisis que sintetiza las posiciones de personalidades como la ex-feminista Camille Paglia y la escritora conservadora Helen Andrews.

La Segunda Guerra Mundial dio pie a un esfuerzo gigantesco para convencer a los jóvenes de que pusieran de su parte en el esfuerzo bélico. Había pósters en todos lados, incluyendo América Latina, llamando a los jóvenes a alistarse y así ayudar a sus países a derrotar el gran mal que amenazaba al mundo.

Pero, a diferencia de otras guerras, esta propaganda también se dirigió a las mujeres. La idea de que todos tenían que contribuir a luchar contra una amenaza existencial movilizó a la sociedad y cambió para siempre la estructura familiar. Millones de mujeres abandonaron sus puestos para sumarse al mercado laboral y jamás retornaron.

Tú también puedes unirte a más de 2000 lectores de esta publicación y dar más fuerza a este mensaje.

Más adelante, en la década de los 60, llegó la ola de la liberación femenina y la promesa de una nueva sociedad donde la mujer iba finalmente a alcanzar la igualdad frente al hombre. Si con un solo salario se podía levantar un hogar, tener dos autos, criar a 5 hijos hasta enviarlos a la universidad, irse de vacaciones todos los años y mantener un fondo de retiro, imagínense si ambos padres trabajaran.

Pues, ya no lo tenemos que imaginar. El desplome de salarios hizo que una pareja de jóvenes profesionales asalariados en 2026 pueda, cuando mucho, alquilar un departamento de 60 metros cuadrados y costearse un hijo si están dispuestos a mantener las tarjetas de crédito a tope. Pero ese es otro tema.

El feminismo antifemenino convenció a las mujeres de que su rol es inservible y que lo único que realmente agrega valor es la masculinidad. Así fue que hubo un abandono masivo del hogar como centro económico de la sociedad.

El megaeficiente mercado experimentó una corrección y aparecieron industrias enteramente dedicadas a satisfacer la necesidad de que alguien se encargara del hogar. Comidas congeladas, entretenimiento, aparatos de limpieza, el fast fashion (ropa desechable), guarderías, actividades extracurriculares, pornografía masiva.

Esto requería más mano de obra, por supuesto. Por tanto, lo que la mujer debió hacer para empoderarse fue ponerse un casco de seguridad y unirse al ejército de hombres que intentaba desesperadamente cubrir la falta de mujeres en sus hogares.

Es decir, las mujeres terminaron siendo absorbidas por esta industria que necesitaba urgentemente mano de obra para reemplazarlas a ellas. Sólo hace falta pasearse por un supermercado para darse cuenta de lo inmenso que es el sector económico que surgió sólo para reemplazarlas en el hogar y la familia.

Saquen cuenta de la cantidad de dinero que gastamos en comida preparada, salidas a restaurantes, salas cuna, colegios…

Pero hablemos de algo que no muchos parecen detectar: las consecuencias que esto ha generado a nivel de civilización.

Para ponernos en perspectiva, hagamos un ejercicio. Les describiré la ciudad en la que estoy.

En el centro hay un McDonald’s, un Starbucks, una tienda Nike, una Apple Store, un outlet de Nike. Los centros comerciales tienen un diseño eficiente, con rampas para discapacitados, tocan música hecha por IA, El vestuario de la gente es una combinación entre pijamas y ropa de gimnasio, y un ocasional grupo de jóvenes con franelas de bandas de rock de los 90, piercings y pelos de colores.

¿En qué parte del mundo me encuentro?

Podría estar en Lima, Montreal o Barcelona.

La cultura es hoy producida en masa y no tiene centro geográfico. Todo el mundo parece seguir las mismas cuentas de Instagram para saber qué plato hay que saber preparar o en qué negocio debe invertir el próximo mes.

Yo me pregunto dónde quedó aquello de los distintivos culturales de cada país y nación. Viajar era antes una experiencia en la que aprendías cosas que luego querías imitar en casa. ¿Dónde quedaron las tendencias arquitectónicas, los medios de transporte singulares, la vestimenta representativa? Todos esos elementos llegaban a ser icónicos, inspirando nostalgia y sentido del orgullo nacional.

La última vez que salí del país, pasé días contemplando las mismas tiendas y los mismos productos en cada aeropuerto que visitaba, hablando con gente que me trató con la misma indiferencia en cada país. Y si te sientes aventurero, visitar un lugar exótico implica quedarte en un AirBnB que fue diseñado por el mismo tipo que inventó los moteles de mala muerte.

Envíale este post a tu feministe favorite.

Share

¿Pero quién tiene la culpa?

Es tentador culpar al capitalismo, las grandes corporaciones, los reptilianos. También podemos culpar a los marxistas, los socialistas, las universidades, los políticos, la tecnología.

Ciertamente alguien tiene la culpa, y probablemente todos esos factores llevan algo de responsabilidad.

Pero una sociedad necesita de la colaboración armoniosa entre hombres y mujeres. La parte que siempre le ha tocado a la mujer es la de la construcción del hogar y la creación de cultura. Son ellas las que dan a una sociedad los sabores, el estilo de ropa, los colores típicos, los días festivos, las lealtades, los acentos. Ellas hacían todo eso para agradar a sus maridos y hacer felices a sus hijos. Eran ellas las que intercambiaban recetas, sabían cómo curar cientos de malestares y decidían qué telas y colores estaban de moda. Eran ellas las que instruían a nuestros hijos y los disciplinaban haciéndoles leer y escribir lo más rápido posible.

Hoy no conozco a nadie que no vaya al menos una vez a la semana a un consultorio médico por cualquier estupidez, y todos los niños están vestidos con pijamas de animales emitiendo gruñidos como único medio de comunicación hasta los 6 años.

La promesa era que las mujeres iban a hacer las mismas cosas que los hombres. Iban a crear grandes obras de ingeniería, arquitectura, tecnología, ciencia. La verdad es que, salvo contadas excepciones, las mujeres no han hecho absolutamente nada parecido.

Lo que hemos hecho es crear hogares disfuncionales donde falta uno o ambos padres, ya que están demasiado ocupados intentando cubrir las necesidades que antes podía cubrir felizmente una mujer. Hemos caído en la trampa del “doble ingreso” con el cual casi nadie puede sostener una vida como la de sus abuelos.

El producto final es una masculinización de la comida, el vestido y las tradiciones. Ahora todo tiene que ser funcional, barato y conveniente. Nada de sabor, calidad, variedad, belleza. Ya no hay nadie en casa que lo vaya a disfrutar, ni es costumbre felicitar a mamá por lo linda que está la casa.

De hecho, está pasando lo mismo que con la famosa historia del lápiz que tanto le gustaba contar a Milton Friedman. En sus tiempos, nadie en el mundo era capaz de crear un lápiz ya que cada parte era fabricada por gente que no se conocía entre sí. Hoy en día pasa lo mismo con casi cualquier actividad doméstica. Ninguna mujer que se precie de ser feminista, que es la mayoría, sabe crear un plato desde cero, preparar conservas o confeccionar un vestido.

Si hay un colapso económico, como el de la Gran Depresión, la mayoría de las familias van a morir de hambre sólo por no saber siquiera pelar papas.

Por supuesto, hay gente que dirá: «¿A mí qué me importa? A mí me encanta comer en McDonald’s y mi plan es ver Netflix hasta los 80 años y morir sumergido en popó de gato.»

Hay otro grupo de gente que lo que hará es quejarse y salir a insultar comunistas en las redes, asegurando que todo era mejor cuando su dictador favorito ponía mano dura.

Obviamente ninguno de esos dos bandos es el público objetivo de este post. El primer bando es el tipo de gente que deja entrar 60.000 efectivos de una fuerza invasora en nombre de la diversidad en su país, creyendo que lucha por la igualdad o algo. El segundo bando son los guerreros de teclado que tienen décadas haciendo apología del fascismo, a veces encubierta, a veces no tanto.

Hay que darse cuenta de que estamos en una guerra y necesitamos la participación de todos.

Podríamos pensar que hacer que una mujer se quede en casa y construya un hogar no tendría el menor efecto. Después de todo, cada hogar es diferente, cada esposo, cada hijo. Y cada familia va a organizarse de manera distinta. Eso es cierto.

El truco es pensar en términos de agregados. De la misma manera que una aceptación masiva de las ideas del feminismo tuvo un impacto catastrófico, de esa misma manera una revolución silenciosa que devuelva a la mujer a donde pertenece tendría el efecto de crear comunidades y culturas solidarias.

Por supuesto, decir simplemente que la mujer es el único elemento que hay que arreglar es ser simplista al extremo. Sin hombres que muestren que pueden ser proveedores, protectores y excelentes padres a tiempo completo, ningún plan puede funcionar.

No veo la manera de que las mujeres femeninas decidan arriesgarse a depender de muchachitos que están esperando a graduarse de la universidad para comenzar a buscar qué hacer.

Entonces, lo que tenemos que hacer es ponernos los pantalones y trabajar. Cada uno debe concentrarse en formar un hogar donde ambos padres abracen las responsabilidades que les tocan por naturaleza, y formar una nueva generación que transmita efectivamente la cultura creada dentro de ese hogar y esa comunidad.

Mientras tanto, yo no escucharía a los que andan proponiendo la “batalla cultural”.