El inesperado consejo de un rabino

Un día, una señora de mi iglesia se quejaba de que estaba muy sola y que nadie la visitaba. Yo le pregunté si tenía nietos, y ella contestó que sí, pero que no le gustaba recibirlos en casa. Eran demasiado desordenados, desobedientes, desafiantes, destructores, ruidosos… es decir, completamente malcriados. También nos contó que sus hijas los tratan con guantes de seda porque, dicen, «hay que dejar que se expresen» y «no debemos limitar sus sentimientos ni habilidades».

Me moría por darle un consejo con el que me topé durante el fraude covidiano. Pero me contuve. Algunas cosas no son fáciles de explicar y, lamentablemente, aún no había aprendido a expresar estas ideas con palabras.

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De cualquier forma, no pude dejar de pensar en lo irónico que resulta que la inmensa mayoría hoy repita pésimos consejos para padres como si fuesen un mantra, y luego prefieran morir solos a lidiar con los resultados.

Hasta hace un par de décadas, el contagio de malas ideas ocurría de una manera más gradual. Sólo las madres de cierto nivel socioeconómico podían darse el lujo de escuchar las patrañas de los “expertos”, limitando los efectos de su estulticia infantilizante a jóvenes de alta alcurnia.

Pero la internet y la avalancha de “pedagogos” en los parvularios y colegios han logrado democratizar la patanería hasta el paroxismo. Es así como han creado la generación de cristal, los snowflake y, cuando crecen, los adultescentes. Los jóvenes pasan la vida «viviendo el momento» y «en busca de experiencias» hasta que tienen como 40 años y llega su «momento de vivir la vida» y «comenzar a disfrutar».

El sueño dorado de un adultescente.

En contraste, aquellos que crecimos en los 90 todavía recordamos que nuestros padres tenían la mano un poco más pesada de lo que sería aceptable hoy. Aun así, sobrevivimos con apenas tres vacunas, conservamos nuestras destrezas motrices sin haber recibido terapia alguna y, en mayor proporción, tenemos ingresos y familias más estables sin haber entablado una conversación de más de 5 minutos con un psicoterapeuta.

Es decir, hasta hace pocas décadas la gente conocía intuitivamente la clave para la felicidad. Sin embargo, tampoco sabían articularla. Sólo la aplicaban ciegamente.

Y es allí donde las sociedades fallan: no logran articular ni transmitir fielmente aquello que las hizo prosperar en primer lugar.

Por otro lado, no es difícil percibir que la cultura en la que estamos sumergidos insiste en hacernos olvidar que alguna vez las familias eran numerosas, sanas y trabajadoras. Según la televisión y los maestros del colegio, nuestros antepasados eran una horda de bárbaros que no tenían idea de cómo criar niños.

El consejo de nuestros padres se nos hace despreciable, y lo desechamos con ligereza usando la mágica frase «eran otros tiempos».

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Debo admitir haber comulgado con la rueda de molino de la pedagogía moderna por muchos años, y mi hijo adolescente se llevó la mayor parte de mi estupidez. Apliqué todas estas nuevas modas y tendencias sin preocuparme mucho acerca de mis responsabilidades como autoridad. No me fijaba en que todo iba de mal en peor en la casa, ya que tenía la libertad de decir «es una etapa» o «yo también pasé por eso».

De esa manera, lo que pasaba en mi casa ya no era mi responsabilidad. Total, mi familia estaba generosamente provista y yo estaba cumpliendo con todas las exigencias de la sociedad moderna, al menos en el papel.

Así fue que llegó el primer año del COVID. La cantidad de tiempo disponible aumentó drásticamente debido a una falta de clientes. Así que YouTube se convirtió en mi principal hobby.

Un día, el algoritmo me recomendó un video donde un viejo bonachón hablaba de la felicidad sentado en una chimenea fumando un puro. Ese era Dennis Prager, un intelectual conservador judío que aboga por el retorno del sentido común y los valores que construyeron Occidente.

RIP Otto.

Lo que nos dijo cambió nuestras vidas:

«Educa a tus hijos para que a otros les guste recibirlos en sus casas.»

Este principio es el mejor regalo que puedes dar a tus hijos. Especialmente si eres inmigrante en otro país y no hay abuelos para que cuiden a tus hijos un rato.

Después de descubrir las aplicaciones directas de esa frase, no pude evitar salir a leer todo lo que Prager tenía que decir acerca de cuestiones como la felicidad, el trabajo y el día de reposo.

Aquí les dejo algunos tips sacados de Prager.

  • Disciplinar a tus hijos es adecuarlos para la vida feliz en comunidad de manera que todo el mundo quede encantado con su presencia y pueda contar con ellos.

  • Céntrate en la bondad y no en la felicidad.

  • Trabaja seis días y realmente descansa el sábado.

  • Ayunar es un hábito excelente.

  • Lo más fácil del mundo es tener niños. Lo difícil es criar hijos.

Es hora de dejar de repetir eslóganes tales como «hay que dejar que los niños sean niños» y comenzar a pensar como padres de futuros hombres y mujeres.

Recomiendo comprar el libro de Dennis a toda costa.

Happiness Is a Serious Problem: A Human Nature Repair Manual.

Como siempre, intenten conseguir el libro en físico antes de que comiencen a “mejorar” el contenido.

Nos seguimos viendo.

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