Sobreestimulación medicada

No recuerdo la última conversación con otros padres que no contuviese la palabra “estímulo” al hablar sobre sus hijos. Todo lo que hacen parece estar centrado en estimular tal o cual centro nervioso o motriz. No hay actividad que estas nuevas paternidades no intenten describir como “benéfica” o “estimulante”, y que no sea parte de una especie de terapia para sus niños.

¿Dónde quedó aquello de dejar a los niños ser niños?

La razón para este tipo de lenguaje es la patologización de la niñez. Todo lo que el niño hace se considera una condición que debe ser corregida por una clase clerical llamada “expertos”. Desde el punto de vista que hoy se considera ortodoxo, debemos suministrarles continuamente “dosis” de químicos y crear a su alrededor una nube de estímulos a modo de terapias o programas. De lo contrario, se asume que un niño no crecerá sano.

Lo interesante es que no conozco a nadie de mi edad que no haya recibido ninguno de estos “estímulos” y que hoy tenga alguna deficiencia. De hecho, los hospitales se están llenando cada vez más de gente joven con multitud de problemas de salud, nerviosos y psicológicos.

Parece que nadie investigó los efectos a largo plazo de una vida terapeutizada antes de imponerla. Ser padre hoy, según los expertos, requiere convertir cada espacio que el niño frecuenta en un equivalente a un estudio de televisión infantil; todo lleno de colores sin ton ni son, docenas de juguetes por metro cuadrado, actividades narradas por gente que habla peor que los Teletubbies, una pantalla siempre encendida mostrando animaciones amorfas, y música monótona sonando 24/7.

Lo peor del caso es que, a medida que el mundo se vuelve más estimulante, las personas se vuelven menos tolerantes al silencio tan necesario para meditar y cultivar sus propios dones. Pasar un par de minutos en silencio equivale a torturar a una de estas pobres criaturas.

Si no me creen, revisen el estudio realizado en 2014 llamado Just think: the challenges of the disengaged mind (Solo piensa: los desafíos de una mente desmotivada). Los científicos querían determinar qué tan capaces somos de permanecer a solas con nuestros pensamientos sin estímulos externos. Para ello, pidieron a los voluntarios que permanecieran en una habitación completamente vacía por 15 minutos y pensaran sobre cualquier tema durante ese tiempo. Lo único que había en la habitación era un interruptor que proporcionaba una descarga eléctrica moderada en el tobillo.

Los resultados fueron sorprendentes. El 67% de los hombres que participaron preferían propinarse una descarga eléctrica a enfrentarse a sus propios pensamientos. El 25% de las mujeres hicieron lo mismo. Es decir, para muchos, el dolor es preferible a pensar o meditar.

Esto ha empeorado con la adopción masiva de pantallas. La revista Psychology Today presentó varios estudios que relacionan el uso de las pantallas con la reducción del coeficiente intelectual, la pérdida de materia gris y el deterioro cognitivo. En mi opinión, los expertos (propagandistas) que nos vendieron la idea de poblar las aulas de clase con pantallas deberían ir presos.

A ver, niños. Levante la mano quien quiera tener pensamientos suicidas recurrentes en 10 años.

En fin, en este hogar hemos intentado sacar todos estos “estímulos” de nuestra vida y dejar que ellas se entretengan a su propio ritmo. Una de las maneras más efectivas ha sido cultivar el amor disciplinado por la música.

Es difícil recomendar una solución que no requiera del uso de pantallas, pero hay una compañía que nos llamó la atención por su simpleza: Piano For All (link afiliado). Ofrece cursos de piano MUY fáciles de seguir, con resultados visibles en pocas semanas. Lo que más me gusta es que es “vieja escuela”. Nada de suscripciones que te hacen pagar cientos de dólares por 3 años para luego darte cuenta de que no posees nada. Pagas un solo monto y TODO el curso es tuyo para siempre. Tampoco tiene notificaciones molestas ni contenido hecho con diarr-IA.

¡Hasta la próxima!