Al habernos acostumbrado a enviar a nuestros hijos a sus centros correccionales designados a la escuela para nuestra conveniencia, nos olvidamos del papel que tiene nuestro ejemplo en sus vidas. Esto se refleja más que todo en sus hábitos de lectura (o falta de ellos).
Debido al inhumano horario que imponen los colegios, la ventana que nuestros niños tienen hacia nuestras vidas se reduce drásticamente a unas pocas horas al día. Típicamente, un niño sólo ve a sus padres dos veces al día: una hora en la mañana en la que los adultos parecen estar locos e irritados, gritando y deglutiendo simultáneamente mientras corren de un lado a otro; y un par de horas en las noches en las que llegan cansados e irritados para pegarse al sofá a la luz de, al menos, dos pantallas.
Los fines de semana no son muy diferentes. Los adultos, apelando a su “derecho al descanso”, se levantan tarde, comen a deshoras y miran pantallas hasta dormir.
Si un niño requiere de modelos de conducta para aprender a ser adulto, entonces va a asumir que este es el significado de la vida y copiará todos estos patrones lo mejor que pueda.
Pensemos un poco. Nuestros hijos nunca ven a nadie trabajar realmente, ni ser disciplinado, ni hacer sacrificios. El mundo de los adultos, desde su limitado punto de vista, es dominado por el caos, y para conducirse en él se requiere claudicar nuestra autoridad ante nuestros sentimientos de complacencia y frustración alternativamente.
No es de extrañar que la palabra “estrés” esté desde tan temprano en el vocabulario de estas personitas. Simplemente adoptan el lenguaje de nuestro mundo y lo aplican, lo cual luego justifica el uso de drogas para “regular” sus emociones.
Pero no nos dejemos avasallar por este estado de cosas. Debemos más bien tomarlas como nuestro punto de partida para comenzar a escalar fuera del hoyo en el que nos han metido los “expertos”.
La lectura es una solución
Ya establecimos que los niños aman imitar a los adultos. Es su manera de aprender lo que vale la pena hacer en la vida y de adquirir herramientas que usarán en el futuro. Pero deben tener un modelo sólido y confiable para poder convertirse en hombres y mujeres útiles.
Las personas más capacitadas para iniciar el juego de la imitación son ustedes, los padres. Sus rutinas, gustos, hobbies e intereses son lo que le van a decir al niño qué es lo que la vida nos ofrece como humanos y por qué vale la pena vivir.
La lectura en familia es el mejor lugar para comenzar a nutrir esa vida doméstica, y el primer escalón para todo lo demás.
Un niño que vea que su padre lee todos los días se preguntará: ¿qué hay de interesante en ese objeto?
Un bebé va a querer tocarlo y se alegrará de tener uno en sus manos. Va a abrirlo con emoción, y mirará el rostro de sus padres para buscar aprobación queriendo saber si está haciéndo bien eso de la lectura. Aprenderá a manipular las páginas con cuidado en pocas semanas y cambiará su trato con otros objetos que requieren precisión (cubiertos, lápices, rompecabezas).
Unos padres que se sientan al menos 30 minutos al día a leerles a sus hijos verán cómo aprenden nuevas palabras casi a diario. No tendrán a niños balbuceando como Teletubbies, ni gruñendo cada vez que quieren algo; escucharán a sus hijos formar oraciones y experimentar con el orden de las palabras y los verbos en cuestión de meses.
Un niño que crece en una familia que tiene una rutina de lectura, aprenderá paciencia y sosiego. No necesitará “estímulos” ni que combatamos el “aburrimiento” por él. Es un niño que puede sentarse por períodos cada vez más extensos de tiempo sin dar signos de inquietud. Es decir, no necesitará estar medicado debido a síndromes inventados como el TDAH.
Una familia que lee también permanece unida. Es más difícil que llegue un profesor marxificado a decirles que deben más lealtad al colegio que a sus propios padres.
¿Esto significa que debes hacer sacrificios como padre?
No. En lo absoluto. Pasar más tiempo con tu hijo no es un sacrificio, es lo que se espera de un adulto. Lo mismo que mantener nuestra casa limpia y ordenada no es un sacrificio sino simplemente lo que una persona en sus cabales hace de manera natural.
Educar es lo que estamos llamados a hacer, y es la manera en que los padres han comunicado su sabiduría y cultura por miles de años antes de que fuésemos azotados por la plaga de los pedagogos.
Ver eso como un “sacrificio” es producto de una mentalidad centrada en la autosatisfacción. Si nosotros somos el centro de nuestras vidas, cualquier cosa que nos distraiga de nuestro plan de satisfacer nuestros caprichos es un “sacrificio”. Satisfacer la sed que tienen nuestros hijos por nuestra sabiduría no es sacrificio sino amor.
¿Qué leer?
Les recomiendo de una vez que tiren a la basura todos esos panfletos libros infantiles con dibujos abstractos e ilustraciones planas que sólo ponen una oración por página. Tal vez hace 20 años habría alguno interesante con rimas ingeniosas, pero hoy están todos hechos por diarre-IA o por personas con capacidades de redacción cuestionables.
Y me dirán «oye, pero es que un niño sólo entiende algunas palabras». Sí, pero tu plan debe tener como objetivo que aprendan más, no que se queden en un alargado estado de estupor. Un niño ya sabe balbucear de manera natural; no necesita perfeccionar ese arte.
Léanles cuentos inspiradores e historias fundamentadas en principios morales sólidos (cristianos, claro está). Asegúrense de tener libros de cuentos con ilustraciones que reflejen belleza y dignidad. Nada de cosas “llamativas” o “estimulantes”.
¿Cómo leer?
Cuando Emma tenía 2 años, adquirí un libro de cuentos de los hermanos Grimm con unas ilustraciones muy bellas y de gran calidad. No lo compré para leerlo en ese momento, sino porque estoy armando una colección para toda su niñez. Pero no pude evitar que ella viera el libro, así que me pidió que se lo mostrara.
Después de eso, me pedía que le leyera un cuento cada día, el de Caperucita Roja o el del Ganso de Oro y, al principio, lo hacía con gusto hasta que ella se distraía a los 5 minutos. Al cabo de unas semanas, yo ya no deseaba leerle el mismo cuento una y otra vez, pero accedía porque veía que su tiempo de atención se expandía y ella se quedaba sentadita escuchando todo un cuento. Por supuesto, el esfuerzo valió la pena.
Al cabo de un par de meses, Emma comenzaba a señalar las ilustraciones a medida que yo narraba el cuento, y pronto ya sabía cuándo tocaba cambiar de página. También comenzó a pedir que leyera otros cuentos como Rapunzel, La Reina de las Nieves y Cenicienta.
Ahora Emma tiene 3 años y no le molesta que le leamos cuentos enteros como el de Mary Poppins, Narnia y hasta historias bíblicas. Ya se sabe algunos poemas de memoria, y está aprendiendo a leer. Ruth, la menor, ha aprendido aún más rápido porque quiere imitar a su hermana.
Nuestra comodidad nos ha privado del placer de enseñar a nuestros hijos. Al no saber lo que se siente y al creer que la vida gira en torno a nuestras “experiencias”, nos parece una molestia hacer lo que siempre habíamos sabido hacer: educar.
Recordemos que nuestra civilización le debe mucho a la costumbre de las familias pioneras de sentarse cada noche a leer las Escrituras. Esto fue lo que les dio tan alto grado de alfabetización mucho antes de la calamitosa plaga de pedagogos de los últimos 50 años.
Para aquellos que aún no sepan por dónde comenzar, les recomiendo el libro de Cuentos de Hadas compilado por la editorial Picarona. Es de tapa dura, lo que permite que sea un regalo intergeneracional. Son 150 páginas ilustradas por Scott Gustafson que les darán HORAS a tus hijos descubriendo detalles y sutilezas que cuesta apreciar en la prosa.
En lo personal, prefiero el trabajo de James Riordan, pero sus libros son extremadamente difíciles de conseguir. Si los ven por allí usados, no duden en pagar lo que sea por ellos.
Otra recomendación es el libro de las Fábulas de Esopo, ilustrado por Charles Santore. Conocer estas fábulas era de rigor cuando yo era pequeño. Una de las marcas de toda civilización es que todos sus miembros comparten una cultura. Hoy me cuesta un mundo conseguir a alguien que conozca la historia de la liebre y la tortuga.
Coleccionen y atesoren estos libros, y sus nietos se lo agradecerán.