Hace menos de 10 minutos mi Ruth vino por tercera vez esta mañana para mostrarme una foto nocturna diciendo «!Miira. La luuuunaaa¡». Ella advierte que todas las noches, yo me asomo a la ventana buscando el disco plateado, y lo señalo mencionando lo lindo que es. Pasa igual con las nubes, el sol, las flores. Así que cuando ella ve una foto o ilustración de algo lindo, pierde el control y necesita mostrármelo tantas veces como pueda en el menor espacio de tiempo posible.
Es su manera de decir «Papá, esto es bonito. ¿cierto?».
Ella está verificando algo acerca de la realidad acudiendo a la mayor autoridad que ella conoce.
Nuestro sistema educativo y cultural considera esto como una pérdida de tiempo. Algo inútil que no puede o no debe ser enseñado. Después de todo, no soy un experto en estética, así que debería dejar esos asuntos a gente autorizada y certificada para ello. Dirán ellos que yo podría estar guiando mal a mis hijas inadvertidamente, desviándolas de ese camino predeterminado en el cual todos nuestros hijos deben ser conducidos llamado sistema educativo.
Yo no tengo problema con que haya un sistema educativo. Sin embargo, opino que vale la pena preguntarse qué clase de hombres y mujeres intentan crear con él.
¿Alguno de ustedes ha abierto los textos con los que educan a nuestros hijos? Yo sí, y he visto que, especialmente los de literatura e historia, enseñan a todo alumno a ignorar cualquier juicio de valor.
Lo más parecido a lecciones de literatura relacionados con este tema son aquellas donde enseñan a intercambiar adjetivos por sus sinónimos. Sin embargo, no se enseñan los cambios cualitativos ni sutilezas lingüísticas que se introducen cuando una palabra se reemplaza por otra. Por eso se ha hecho tan normal escuchar a todo el mundo referirse a nuestros venerables ancianos como personas de la tercera edad reduciendo drásticamente su valor fuera de esa odiosa categoría.
Según el punto de vista de la pedagogía moderna, si alguien expresa la frase “este amanecer es grandioso”, no está expresando otra cosa que sus sentimientos particulares acerca de un fenómeno celestial. Es decir, no hay nada en un amanecer que sea grandioso, sino que esa persona está teniendo sentimientos grandiosos acerca del amanecer. Otra persona podrá tener sentimientos de ansiedad o de aburrimiento. Así que da lo mismo un amanecer que la explosión de una supernova.
Lo importante es darnos cuenta de que esta no es una posición estética o literaria. Es una posición filosófica disfrazada de “literatura” o “historia”. A pesar de que nos juren que si les enviamos a nuestros hijos por 12 años consecutivos algunos de ellos serán los próximos Neruda o Mistral, lo que en realidad están haciendo es decirles que todo vale absolutamente lo mismo. No hay nada intrínsecamente bello o bueno en ningún objeto, evento o acción.
Lamentablemente, esto tiene consecuencias éticas y políticas. Hay controversias presentes que exigen tomar una posición u otra en el debate (feminismo, cuestiones de género, censura por lenguaje de odio). Las predisposiciones valorativas son las que van a jugar un papel determinante en las preferencias de la mayoría.
Por ejemplo, martillar en un joven la idea de que toda valoración es simplemente una expresión de sus preferencias personales lo va a predisponer a aceptar que toda verdad es relativa. Todas las religiones tienen el mismo valor, no hay nada llamado hombre o mujer, y cada quien puede autodefinirse a voluntad. Aquellos que no acepten eso, son intolerantes y si lo expresan cometen delito de odio.
Nadie dice que el 100% de los casos será así, pero nuestro sistema educativo, y nuestra atmósfera cultural, se aseguran de que esa postura sea completamente válida y respetable.
Pero ¿es esa una postura válida y respetable?
Nop. Y se puede desmontar con un poco de lógica.
Según esta postura, si alguien dice: «Stalin es despreciable», no podría estar diciendo nada real acerca de ese personaje, sólo está diciendo que sus sentimientos acerca de Stalin son despreciables. ¿Ven lo absurdo que es?
Debemos darnos cuenta de que nuestras valoraciones no son un producto de nuestros caprichos. Son más bien reflexivas: reflejan algo de la realidad. Decir que Stalin es despreciable no indica que me paré hoy con el pie izquierdo y resulta que ahora me cae mal. Indica que hay algo en Stalin que provoca esa respuesta en mí.
Igualmente, decir que un amanecer es grandioso, refleja lo pequeño que soy comparado con algo que es en sí mismo más grande y maravilloso que yo, independientemente de cómo me sienta.
Puede que alguien no reaccione de la misma manera que yo, pero eso habla acerca de cómo esa persona fue educada, y si sus afectos han sido bien entrenados. Visto de otra manera, mi incapacidad para reconocer matices de colores no cambia la realidad objetiva del arcoíris, de la misma manera que la incapacidad de una persona de reconocer y tener los sentimientos adecuados no cambia la realidad de que cada cosa tiene un valor intrínseco.
Los grandes clásicos sabían estas cosas y las enseñaban. Después de todo, Platón decía que la juventud correctamente educada es aquella que:
«puede ver con más claridad lo que está mal en las obras mal hechas del hombre o en los productos defectuosos de la naturaleza, y que con justo desagrado puede despreciar y odiar lo carente de belleza aun en su más tierna edad y puede deleitarse alabando la belleza, recibiéndola en su alma y nutriéndose de ella, de modo que lleguen a ser hombres de noble corazón. Todo ello antes de entrar en edad de razonar; de modo que cuando la razón llegue a él, entonces, habiéndose formado así, el joven la reciba con brazos abiertos y la reconozca gracias a la afinidad que siente por ella».1
Nuestra tarea como padres es enseñarles a nuestros hijos a aborrecer lo malo y a amar lo bueno. Y esto no le debe aburrir. Al contrario, debe llenarles de tal gozo que cada vez más quieran expresarlo de manera más excelente e imitar aquello que cause deleite.
De otra manera, tendremos una sociedad llena de cabezas huecas para quienes el océano son solo toneladas de agua salada, y un bistec bien sazonado da lo mismo que una hamburguesa en McDonalds. Así como terminamos viviendo entre gente que sabe el precio de todo y el valor de nada, como decía Oscar Wilde.
No nos puede extrañar que a nadie le moleste que nuestras calles estén cochinas, o que crean que un reggaetón valga lo mismo que un vals. Si no enseñamos a nuestros hijos a reaccionar adecuadamente a lo bello y lo correcto, sino que les enseñamos a «ser tolerantes» a toda costa, el resultado es que hoy sea casi imposible vivir en comunidad.
¿Podemos enseñarle a un joven entrenado en cinismo a que sea respetuoso? ¿Respetuoso hacia qué? ¿Qué tendrá ese joven como digno de ser respetado?
Como decía C.S. Lewis «Nos reímos del honor, y nos sorprendemos de que haya traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que tengan prole».2
Por cierto. Encontré una super oferta en Amazon: la colección completa en español de obras de Platón. Es una obra traducida por Patricio de Azcárate, quien hace una introducción destacando la necesidad del conocimiento de la filosofía clásica para la construcción de su patria (España). Encontré sus opiniones muy vigentes, aunque difícilmente podría decirse que su esfuerzo como divulgador filosófico cumplió su cometido.
¿Por qué me interesa que ustedes compren libros y uno que otro material educativo?
Primero, porque los considero mis pares y creo que se beneficiarán con estas recomendaciones. Pero también es importante que sepan que esta es su manera de contribuir con este tipo de newsletters. Ya saben aquello de «todo obrero es digno de su salario».
Aquí viene Ruth por cuarta vez a mostrarme la luna, y yo le diré por cuarta vez «!Qué bella la luna¡».
Platón, La República.
Lewis, C. S. La Abolición del Hombre.