¿Y qué me importa Fauci?

Esta semana comenzó una audiencia donde se permite interrogar a Anthony Fauci ante el Senado de EE. UU.

Para aquellos que no lo recuerdan, Fauci llegó a ser el hombre más poderoso del mundo en 2020. Sus desvaríos mediáticos tenían la capacidad de afectar las políticas de todos los países en toda dimensión imaginable. Todo eso sin pasar por congresos, ni discusiones, ni pasar por go, ni cobrar $200.

Fue Fauci el que dijo que el virus del COVID no había sido creado en un laboratorio, haciendo que los aparatos de propaganda de cada país ridiculizaran a quien lo cuestionase. Fue él quien impulsó las políticas de uso de mascarillas, distanciamiento social, cierre de negocios, adopción de protocolos sanitarios, el trabajo remoto, la vacunación obligatoria, la imposición de pasaportes de vacunación…

Señalización en tiendas y farmacias

Algún día se calculará el coste social de esta neurosis colectiva.

Alguien podría alegar que nuestros medios y voceros del gobierno nunca dijeron textualmente “Fauci dijo”. Pero cualquiera con un mínimo de interés en las fuentes primarias podía notar que había un retraso de escasas horas entre una arenga de Fauci y lo que los medios proclamaban como el último dictamen de “los expertos”. Los flamantes ministros de salud de todos nuestros países sólo repetían al unísono una traducción de lo que la OMS, al mando de Fauci, ordenaba.

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Nadie puede defender hoy a este psicópata masivo ya que hace poco salió a la luz su diario personal. Allí admite que TODO lo que los medios han dicho desde 2020 hasta hoy con respecto al COVID es falso y que fue él quien impulsó las mentiras. No me crean a mí; lean su diario privado ustedes mismos.

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¿Recuerdan cuando eran 100% efectivas y seguras?

Pero en 2020 su palabra era el evangelio, y todas las ocurrencias de este mentiroso en serie fueron acatadas al unísono por nuestras “democracias”. Se pasó por encima del sentido común, de los procesos de investigación científica, e incluso por encima de las soberanías nacionales.

Esto último fue celebrado por Klaus Schwab, ex-cabecilla del Foro Económico Mundial, en su libro COVID-19: El Gran Reseteo como una medida efectiva para derrumbar de manera permanente las autonomías nacionales a nivel mundial. Yo admito que yo no tengo las credenciales para afirmar nada de lo que digo, así que no hay razón para creerme a mí. Sin embargo, opino que un multimillonario que se reúne con las élites internacionales para hablar de sus creencias e invertir fortunas fabulosas para llevarlas a cabo, y que se jacta de haber puesto a hombres en posiciones de poder en gabinetes de todo el mundo, debe tener algo de credibilidad en cuanto a sus propios planes. Pero me desvío del tema.

Así que, por decisión de un solo hombre que llegó a decir de sí mismo: «yo soy la ciencia», los medios iniciaron una persecución sin cuartel contra aquellos que no quisieran vacunarse. La campaña de terrorismo mediático entregó a las mayorías a un frenesí de búsqueda de chivos expiatorios. Desde México hasta Chile, los gobiernos adoptaron una postura monolítica. Lo que fuera que la OMS, liderada por Fauci, impusiese, se cumplía. Cualquier persona que no acatase era enseguida puesta en humillación ejemplar ante las cámaras. Los medios entrenaban en tácticas de terrorismo civil a los vecinos, quienes se convirtieron en el aparato de espionaje más eficiente desde el nazismo, un panóptico del que no se podía escapar.

Como muchos, perdí mi trabajo y quedé completamente aislado por 3 años. Pero eso no fue lo peor de todo. Me atreví a dudar del “consenso” y eso me trajo muchas otras consecuencias que impactaron mi vida de manera permanente. Mi error fue que ingenuamente me creí el cuento de que la secundaria y la universidad servían para darnos la capacidad de pensar críticamente y tomar decisiones de manera independiente. A las malas, aprendí que en realidad es una maquinaria de adoctrinamiento masivo, y que las sociedades más escolarizadas fueron las más afectadas por la fiebre Fauci. La “pandemia” reveló lo cruel que podía ser la gente cuando es poseída por ideas estúpidas. Afortunadamente, esta lección también me ha servido para bendecir a otros.

Pero volviendo a Fauci. El señor Ciencia fue nominado al hombre más sexy del mundo, se paseó con celebridades, fue entrevistado en los talk shows más populares y tuvo su propia línea de muñecos. Y se jacta de todo ello en su diario, así que de humildad no se va a morir.

La buena noticia es que en EE. UU. aún funcionan algunos resquicios de prensa libre y algunas instancias relativamente democráticas. Por tanto, allá hubo lugares “barbáricos”, según nuestro querido CNN, donde no se impusieron las medidas draconianas de Fauci. Allí la gente pudo prosperar y vivir una vida más libre, experimentando muchas menos muertes, miserias económicas y terrorismo mediático. Lamentablemente, lugares como California o Nueva York fueron mataderos literales con miles de muertos causados por las medidas de la OMS y la arrogancia de Fauci.

El historiador Tom Woods hizo un gran trabajo compilando toda la data que desmentía la narrativa de la pandemia en tiempo real. Su libro Diary of a Psychosis: How Public Health Disgraced Itself During COVID Mania, escrito en colaboración con Jay Bhattacharya, uno de los firmantes de la Declaración de Great Barrington, describe todo en detalle con gráficos comparativos y entrevistas con expertos reales.

Esa matanza se extendió a toda Latinoamérica, a Canadá y a muchos países de Europa, donde los gobiernos marchaban al son que les tocaba la OMS (liderada por Fauci).

Recordemos a quienes bailaban en hospitales vacíos mientras millones sufrían por no poder acceder a tratamientos para el cáncer.

Pero este “experto” no era más que el facilitador de la estafa farmacéutica más grande y elaborada de la historia desde los tiempos en que apareció el SIDA. No muchos lo recuerdan, pero él fue el que impulsó el uso indiscriminado de AZT, un compuesto que resultaba mortal para quien lo tomaba, pero que Fauci impulsó por motivos financieros. Los detalles de esas maniobras, y muchas otras cosas, los pueden leer en el libro de Robert F. Kennedy Jr. «The Real Anthony Fauci: Bill Gates, Big Pharma, and the Global War on Democracy and Public Health». También les recomiendo ver la película Dallas Buyers Club, donde se describe el calvario por el que tuvieron que pasar los enfermos para poder conseguir tratamiento científico real a pesar de los “expertos”, también liderados por Fauci.

COVID Crusader: Anthony Fauci, M.D., '62 | Holy Cross Magazine

Ya en 1981 la gente sabía la clase de persona que era Mr. Ciencia.

El gatopardismo

El Partido Demócrata, que no es otra cosa que un chavismo con características gringas, fue el principal beneficiario de los “consejos” de Anthony Fauci. Con su ayuda, arruinaron la reputación de Trump entre la izquierda y la derecha por igual, y sacaron grandes tajadas bursátiles al realizar maniobras billonarias a gran escala que dependían de subidas y bajadas de bolsa causadas por sus decisiones.

Para que esto no saliese a la luz durante el mandato republicano, Joseph Biden le otorgó un perdón preventivo a esta blanca paloma y héroe de Disney.

Fauci Documentary Trailer Spotlights the Life of America's Most Famous  Public Servant

Disney siempre del lado correcto de la historia.

Ahora, si el señor Ciencia estaba haciendo todo tan bien, y si nuestros gobiernos se autofelicitan por la labor hecha durante la pandemia por haber seguido sus consejos al pie de la letra, ¿para qué necesitaría él un perdón preventivo? Este tipo de medidas se otorgan sólo a aquellos que hubiesen cometido delitos federales que podrían ser descubiertos luego. ¿Me están queriendo decir que Fauci cometió delitos federales? ¿Cuál sería entonces la responsabilidad de nuestros gobiernos?

El problema es que el sistema de justicia occidental ya no administra justicia. Hoy el castigo no se aplica al final del proceso judicial. El proceso es el castigo. Los violadores, asesinos, estafadores, prevaricadores, son todos sometidos a sesiones donde, cuando mucho, se les habla en tono severo. Sin embargo, las consecuencias jamás llegan, y aquellos que disfrutamos escuchando los argumentos y declaraciones de líderes políticos que supuestamente están de nuestro lado, poco a poco vamos viendo que el proceso se va diluyendo hasta desvanecerse. El resultado es un sentimiento mixto en el que no tenemos idea de si algo se logró.

Es la esencia de lo ilustrado por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien, en su novela El Gato Pardo, escribió: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Esto me recuerda una ocasión en 2014 donde se televisó por primera vez un “debate” entre la oposición socialista de Venezuela, y el gobierno socialista de Maduro. El país se paralizó y ardían las redes sociales con cada frase dicha de lado y lado. Aquellos que estábamos cansados del chavismo gozamos cada vez que les echaban en cara el desastre en que habían sumido al país estos sinvergüenzas. Era una especie de desahogo colectivo porque por fin alguien les decía a estos mamarrachos la verdad en sus caras. Fueron días de júbilo en los que llovieron tweets y posts de Facebook, memes, frases memorables, en fin, todo un arsenal de argumentos con los cuales ridiculizar a los chavistas.

Hasta que la realidad nos golpeó en las caras. El fulano debate sólo sirvió como un momento de catarsis. Nos desahogamos frente a nuestros televisores, en las redes, y luego en las urnas. Pero no hubo ningún efecto. Nadie fue castigado, despedido, perseguido. Ninguno de nosotros fue reivindicado. El proceso fue lo único que pudimos disfrutar, pero no el resultado. Fue una obra titánica de esterilidad, y Venezuela continúa sumida en lo mismo gracias a Trump y Delcy.

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Sospecho que es lo mismo que nos pasará con el Señor Ciencia. El primer día de audiencia los congresistas republicanos se jactaron de que le dieron a Fauci hasta con el tobo. Por su parte, el acusado se quedaba tranquilo repitiendo mecánicamente que se apegaba a la Quinta Enmienda.1

Las redes han estado ardiendo con memes, titulares, declaraciones, chiripazos, zancadillas. Pero en última instancia serán obras infructuosas que oscurecerán el verdadero problema: estamos a merced de psicópatas que nunca son responsables de lo que nos hagan, ya que ni siquiera tienen que vivir en Latinoamérica ni hablar español para encerrarnos con fraudes mediáticos como el cambio climático o el hantavirus.

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Provisión constitucional que evita que un acusado se incrimine a sí mismo.